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“Dedicación del altar y bendición de la Capilla del Seminario Mayor de Tlalnepantla”.



4 de agosto del 2005



Homilía de su S.E.R.
Giuseppe Bertello
Nuncio de S.S. Benedicto XVI
en México
Bendición de la Capilla
del Seminario de Tlalnepantla
y consagración de su altar
4 de agosto de 2005



Quiero agradecer ante todo y de todo corazón al Sr. Arzobispo que ha tenido la amabilidad de invitarme a compartir con Ustedes estos momentos de oración y de fraternidad, con motivo de la bendición de la capilla del Seminario y de la consagración de su altar. Me alegra mucho que celebremos este acontecimiento, que toma una importancia particular para la vida del Seminario, en este día dedicado a la veneración de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, patrono de los párrocos y modelo de vida sacerdotal sobre todo para el clero diocesano.

En todas las religiones, el templo es el lugar sagrado donde Dios se hace presente para recibir la adoración y el culto de los hombres y para hacerlos partícipes de sus gracias y de su vida. El templo, es el lugar privilegiado donde el hombre entra en comunicación con Dios. El pueblo de Israel, durante la época patriarcal, a la cual se refiere la primera lectura, no tenía todavía un templo, pero sí tenía lugares sagrados, donde invocar el nombre del Señor, y el altar como lugar del culto sacrifical y recuerdo de la intervención de Dios en la historia y de los favores que ha hecho a su pueblo.

Así, el libro de Josué nos habla del gran momento del encuentro del Pueblo de Israel, convocado en asamblea eclesial, con su Señor para escuchar el libro de la ley, con las bendiciones y las maldiciones. No se trata de recibir sólo una enseñanza, sino de encontrar en la ley del Señor una palabra de vida para vivir de acuerdo con la voluntad del Creador, hacer la experiencia de la presencia misma del Dios vivo y celebrar la adhesión a su Alianza con todo el pueblo.

Jesús también manifestó el respeto más profundo para el templo. Para él, el templo es la casa de la oración, la morada de su Padre y se indigna cuando lo transforman en un lugar para mercantes, vendedores y cambistas. Por eso, como nos ha dicho San Juan en el Evangelio, con un gesto profético, echa afuera a los comerciantes para purificar la casa de Dios.

En este contexto, el apóstol San Juan pone la frase misteriosa sobre el santuario, destruido y reconstruido en tres días, añadiendo: “Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó Jesús de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho aquello y creyeron en la Escritura y en las palabras que Jesús había dicho”.

Poco a poco, las comunidades cristianas tomaron conciencia de ser ellas mismas el nuevo templo, el templo espiritual, como prolongación del cuerpo de Cristo. El templo definitivo, que no ha sido edificado por el hombre, es la Iglesia, lugar del encuentro de Dios con los hombres y signo de su presencia en el mundo. Decía el Papa Juan Pablo II: “La Iglesia es el lugar y el signo de nuestra comunión en un solo Cuerpo, miembros perdonados y reconciliados que el Señor llama a seguirlo en los caminos del mundo. El culto que nos une a Cristo es también el tiempo del envío a la misión, a todos los lugares de la tierra donde la humanidad espera la verdad de la fe, la luz de la esperanza y la comunión del amor” (10.9.1990).

Pero, como enseña el apóstol Pedro en su primera carta, los miembros de la Iglesia, también individualmente, son templo de Dios. Como el cuerpo resucitado de Jesús, en el cual habita la divinidad (Col.2,9) es el templo de Dios por excelencia, así los cristianos reconociendo en Jesús “la piedra viva, angular y preciosa”, se hacen sus discípulos y participando en el bautismo en su muerte y resurrección, se vuelven ellos mismos en piedras vivas, que van entrando en la edificación del nuevo templo espiritual donde encuentra refugio toda la humanidad.

Como el pueblo de Israel ofrecía sacrificios a Dios en el templo, de la misma manera el nuevo pueblo de Dios ofrece a Dios sacrificios espirituales. “La verdadera dignidad del cristiano es la de ser un solo edificio con Jesús, ser el sacerdocio santo que ofrece a Dios el sacrificio de su vida” (Card. Martíni).

Estas reflexiones sobre la Palabra del Señor nos llevan a algunas enseñanzas prácticas para nuestra vida espiritual, que quisiera dejar también como recuerdo de nuestra celebración sobre todo a los superiores y a los seminaristas.

La primera es la importancia de la Palabra de Dios, que está al origen de nuestro renacimiento espiritual, de nuestra vida, porque nos hace actuar según la voluntad de Dios y alimenta nuestro crecimiento espiritual. El Apóstol San Juan abre su Evangelio proclamando que esta Palabra es Jesús mismo: La Palabra era Dios y ha habitado entre nosotros (Juan, 1,1.14). Y la página del Apóstol San Pedro que hemos oído manifiesta, de una manera fuerte y clara, la conciencia de los primeros cristianos que su vida está basada en la Palabra de Jesús. Para todo el Nuevo Testamento, la única semilla de vida incorruptible es la Palabra del Señor. Las otras palabras, las otras mediaciones culturales no pueden dar la vida.

Por lo tanto, si queremos regeneramos espiritualmente, debemos tomar contacto con la Palabra viva que es Cristo. No olvidemos lo que nos enseña el Concilio en la “Dei Verbum”:
“Por eso, todos los clérigos, especialmente los sacerdotes, diáconos y catequistas dedicados por oficio al ministerio de la palabra, han de leer y estudiar asiduamente la Escritura para no volverse predicadores vacíos de la palabra, que no la escuchan por dentro.. . Recuerden que a la lectura de la Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras"(n.25).

Esta contemplación y este diálogo con la Palabra de Jesús en la oración tiene una consecuencia práctica en nuestra existencia cotidiana: el compromiso de conformar continuamente a Cristo no sólo nuestra vida exterior sino nuestros pensamientos, nuestro corazón, nuestra conducta hasta reproducir en nosotros los misterios de su vida. “Configura tu vida con el misterio de la cruz del Señor”, dice el Obispo cuando entrega el cáliz y la patena al sacerdote apenas ordenado".

Preguntémonos con sinceridad: ¿hasta que punto la Palabra de Dios está al origen, es la fuente de nuestra vida interior? ¿Somos capaces de ponernos a la escucha, con humildad y total disponibilidad, a lo que el Señor quiere decirnos, aquí y ahora, para vivirlo y anunciarlo a nuestros hermanos? ¿O, al contrario, preferimos palabras más fáciles, más accesibles pero que no tienen la incorruptibilidad y eternidad de la Palabra de Dios?”.

Yo quisiera recordar a nosotros sacerdotes y a ustedes seminaristas lo que el Sr. Arzobispo escribe en su libro:
Pertenecer a Cristo”: “Jesús nos ha vinculado con él estableciendo con nosotros una relación de amistad y confianza que apenas podemos comprender.. . Por todo eso comprendemos porque aquella verdad de nuestra identidad como sacerdotes nos exige estar configurados a Cristo para ser una prolongación de su persona y de su misión; para ser signos transparentes de Jesucristo, Pastor, Servidor, Cabeza y Esposo de su Iglesia” (pag.9).

Hoy, la Iglesia nos propone como ejemplo el modelo del Cura de Ars, “un sacerdote que no se limitó a cumplir exteriormente los misterios de la Redención sino participó en ellos con todo su ser, con todo su amor a Dios, con su oración constante, con la ofrenda de sus sufrimientos y de sus mortificaciones voluntarias” (JP II,ib).

Dentro de pocos momentos consagraremos el altar, que es el punto central de la capilla donde converge toda la vida de esta casa. Palabra de Dios y Sacrificio están siempre unidos en la vida de la comunidad cristiana. Durante este año, que el Papa ha querido proclamar “Año Eucarístico”, Ustedes han puesto la Eucaristía en el centro de la vida pastoral de la Arquidiócesis promoviendo manifestaciones solemnes en su honor pero también momentos de meditación y de estudio sobre los diferentes aspectos de este misterio. Les felicito cordialmente en nombre del Santo Padre.

Para San Juan María Vianney, la Eucaristía ocupaba el centro de sus jornadas. Se preparaba con cuidado para la S. Misa y la celebraba con amor. El era muy consciente que la renovación del sacrificio de Jesús es la fuente de todas las gracias. La presencia real del Señor lo fascinaba: “Si tuviéramos fe, decía, seríamos capaces de ver a Jesucristo en el Santísimo Sacramento como los ángeles lo ven en el cielo. El esta ahí. Nos espera Contrariamente a la pastoral de su tiempo, daba mucha importancia a la comunión frecuente: “Si pudiésemos comprender todos los bienes encerrados en la Santa Comunión, no haría falta nada más para contentar el corazón del hombre. . . . El que comulga se pierde en Dios como una gota de agua en el océano. No se les puede separar. Cuando acabamos de comulgar, si alguien nos dijera: ¿Qué lleva Usted a su casa?, podríamos responder: llevo el cielo.

Queridos sacerdotes y seminaristas, la misión esencial del sacerdote, nos enseña el Concilio, se halla en la Eucaristía y nuestra identidad se encuentra definitivamente determinada por la celebración de este misterio (PO., n.5). Lo que el mundo nos pide, lo que necesita de verdad, es que el misterio de la Redención sea accesible a todos los hombres de nuestro tiempo y es precisamente a través de la Eucaristía como la redención de Cristo toca el corazón de cada hombre transformando la historia del mundo. Pidamos al Señor, por la intercesión de Santa María y de todos los Santos — y de una manera especial, del Santo Cura de Ars — que la Palabra de Dios y la Eucaristía iluminen, alimenten y transformen siempre nuestra vida para que seamos fieles discípulos de Jesús, testigos auténticos de su amor, anunciadores y ministros de su salvación.




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