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Una historia extraordinariamente común

Hola amigos hoy me han brindado la gran oportunidad de escribir mi experiencia vocacional, narraré esta esperando que ayude a alguien a afianzar su opción vocacional. No pretende escribir con palabras muy rebuscadas, ni pretendo presentarte una historia llena de miel por lo maravillosa aventura de mi conversión, no, quiero mostrarte una vida tan común, tan simple que aun en esa simpleza se descubre la acción de Dios. Mi vida ha sido muy sencilla y maravillosamente ordinaria, el Señor me llamó de una familia sencilla, yo nací en el Distrito federal en el año de 1974, fui el tercero de tres hermanos, tuve una infancia muy agradable y normal, mis padres trabajaban de 7 a 7 y por consecuencia la que me cuidaba era una tía, esposa del hermano de mi mamá; con esta tía crecí y viví hasta los 8 años, por diversas circunstancias tuvimos que cambiarnos de casa; la colonia a donde nos cambiamos, es actualmente donde vive mi familia; es una colonia proletaria, con sus espacios centrales como son el centro de salud, la Iglesia, el mercado, la primaria, la secundaria y la avenida principal; en algunos días de la semana se pone el tianguis en el cual mi familia abastece la despensa, mi colonia es un espacio con el cual me he sentido identificado y en el que transcurrió gran parte de mi vida, es muy agradable salir por las mañanas y ver al barrendero en la calle, saludar a los comerciantes de los diferentes negocios de la calle, ver pasar al párroco en su combi y saludarle, caminar y descubrir la dureza de la vida cuando en la esquina está el famoso escuadrón de la muerte (traducción: grupo de señores que su única actividad durante todo el día es ingerir bebidas embriagantes y dar mal aspecto), pasar por la calle y saludar al abuelo que siempre está sentado en su silla fuera de su casa, pues su hobby es ver quien pasa, bueno creo que si seguimos no terminamos, lo cierto es que mi colonia no tiene nada de especial y extraordinario, pero lo que si te puedo decir que es muy especial para mí y detrás de esa realidad Dios me llamó, desde esa realidad me quiso seducir,llevar al desierto y hablar al corazón (Os 2, 16).

Yo, como el más chico de la familia, apegado siempre a mi mamá crecí lleno de mimos y caprichos; era el consentido, pero cuando nos tuvimos que mudar las cosas cambiaron un poco, mis hermanos y mi papá no se quisieron venir a vivir con nosotros, y los únicos que nos cambiamos fuimos mi mamá y yo, en ese tiempo la realidad económica empezó a decaer ya que mi papá fue despedido de su trabajo, entonces mi madre comenzó a trabajar más para poder sostener la casa, yo por mi lado tuve que buscar trabajo y a los 10 años trabajaba en un pollería; después del trabajo córrele a la escuela (Primaria de gobierno Rafael Ramírez; 80-86) pues no podía dejar de estudiar. Con lo que se refiere a la vida espiritual no había, ya que por las diversas ocupaciones “nadie tenía tiempo”, pero había algo que me llamaba la atención, cuando íbamos (muy esporádicamente) a misa me imaginaba que yo celebraba, ¿por qué? no lo sé, lo cierto es que me gustaba la idea; un día se lo platiqué a mi mamá y me dijo que estaba loco, que eso no era para mí.

Así pasó el tiempo y ya estando en secundaría (Secundaria Federal 121; 86-90) por voluntad propia iba a misa los domingos, pero más que nada iba porque acababa de hacer la primera comunión ¡a los 13 años! A partir de esto, la idea de celebrar la misa se clavaba más en el corazón; un buen día llegó a mis manos un folleto que hablaba sobre la vida de los que querían ser sacerdotes, lo leí pero no le di mayor importancia, creo que tiré el papel, poco tiempo después me atreví a decirle a mi mamá que quería estudiar para sacerdote pero me lo prohibió rotundamente. Para este tiempo, estoy hablando de los 15 años, yo no había tenido novia, ¡se imaginan mi frustración! pero la verdad yo le tenía miedo a la reacción de mi mamá. En la secundaria la materia que menos me gustó fue matemáticas, pues por esa materia reprobé un año de secundaria, y terminando la secundaria quise estudiar para maestro de matemáticas, ¡no podía dejar que ellas me ganaran! Así que me di a la tarea de buscar la normal, hice mi examen en la Normal 4 que está cerca de la casa, pero cuando me dijeron que eran siete años de estudio (3 de preparatoria, más 4 de la carrera), me desanimé, era mucho tiempo, y con mi realidad familiar no podíamos sostener una carrera tan larga, así que tuve que buscar algo más corto y me decidí por la carrera de contabilidad en un Colegio Nacional de Educación Profesional Técnica (CONALEP), ya para esto la idea de estudiar para sacerdote era muy vaga, pero hoy descubro que han pasado tantos cosas para que esto pudiera ser realidad; eso mismo pensaba el día que en el seminario nos dieron la sotana a todos los de mi generación, en una celebración llena de emociones.

En esta época en la casa, (1990-1991) como era de esperarse después de tanto tiempo de trabajo sin descanso, mi madre cayó enferma, yo seguía trabajando en la pollería y con eso ayudaba en los gastos de la casa y mantenía mis estudios; mis hermanos ya vivían con nosotros el mayor empezó a trabajar, él estudió la carrera de administración de empresas, y mi hermana apoyaba en los quehaceres de la casa además de estudiar la carrera de diseño de modas; por un instante regresó la idea del seminario pero mi madre se oponía, me hizo prometerle que terminaría la carrera y después haría lo que quisiera; pero la verdad aun sin su consentimiento yo me iba a ir al seminario, así que para que no me molestara más le dije que si se lo prometía, esto fue un diciembre 90’, para esto Dios se encarga de acomodar las cosas para que se haga lo que él nos pide; así pues, esperando el ingreso al seminario, (Agosto) mi mamá muere (en mayo de 1991), en ese momento mi mundo se fue para abajo, se iba mi amiga, mi madre, mi confidente, mi todo; ¿y la promesa? Decidí cumplirla; al fallecer mi mamá yo tenía 16 años ¿se imaginan a un adolescente de esa edad con dinero (lo que nos dieron por el seguro de vida de mi madre y la indemnización), casa propia, sin un papá que lo regañe ni a quien pedirle permiso? No, pues padrísimo el asunto; así que empecé a destramparme un poco, las salida con lo amigo no eran por un rato eran por días, nos íbamos a alguna playa, algún pueblo a echar relajo, en muchos casos había incluso excesos; pero éramos jóvenes ¿Qué nos podía pasar?

En 1993 terminé la carrera, (me titulé hasta 1995); mientras estudiaba, ya sin tener que trabajar en la pollería, empecé a dar clase de contabilidad general en un colegio particular a contadores privados, ahí duré un año, al año siguiente encontré trabajo en un despacho contable, en este lugar era el más joven, los amigos ya casi no los veía ya que el trabajo me absorbía, en este tiempo fui a un retiro para jóvenes en mi parroquia, a este retiro lo llamaban Jornada de Vida Cristiana, ese retiro, si bien recuerdo, fue un encuentro con ese Jesús que no me atrevía a mirar de cara, pues mi forma de vida no era muy correcta, más aún, tenía el complejo de culpabilidad de no haberme ido al seminario en aquel entonces. Pero bueno en ese momento mi vida estaba viento en popa, tenía un trabajo estable, seguro, ganaba bien, mi relación con Dios a partir del retiro iba mejor; en la escuela había conocido a una chica que me encantaba, y nos hicimos novios, teníamos planes de matrimonio, los dos éramos contadores ¡podía funcionar la cosa! ¿No creen?, estábamos planeando muchas cosas; en mi trabajo me mandaron hacer una auditoria en una empresa, por el trabajo desempeñado me ofrecieron el puesto de contador general de la empresa, con lo doble de sueldo, mayores prestaciones, automóvil, en fin la gran oportunidad que esperaba y más en esos momentos que la vida sonreía. Pero, ¿qué creen? En esos momentos regresó la idea del seminario, ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡NO!!!!!!!!!! ¿Por qué ahora? ¿Por qué cuando todo esta bien en mi vida? ¿Por qué cuando ya está planeada mi vida? ¿Por qué?

En esos momentos era tanta la insistencia que por más que me hacía el sordo la voz era más fuerte, hasta el momento en que tuve que decidir por vivir una experiencia, que me ayudara a superar el asunto, así pues, me di a la tarea de hablar con mi párroco, él me apoyó desde el inicio, incluso pagando todos los gastos, me mandó a una misión, fue una experiencia que me ayudó mucho, para decir como Samuel “Aquí estoy” (1 S 3,4), hablé con mi familia, mi hermano se opuso, mi hermana no estaba muy de acuerdo, pero la verdad les estaba avisando no pidiéndoles permiso así que aún sin su consentimiento me fui; hablé con mi novia y le dije que me diera tres meses para optar, me dijo que sí y me fui al seminario de unos religiosos en Guadalajara, para no hacerles más larga la historia esos tres meses se convirtieron en dos años.

A los dos años regresé para ingresar al seminario de mi diócesis de Tlalnepantla, la que había sido mi novia, ahora tenía otra persona con quien compartir la vida, y eso me daba muchos gusto aunque no dejaba de sentir algo, un tiempo después de que regresé me pidió que la prepara a ella y a su novio para la primera comunión y para el matrimonio, con gusto lo hice y eso ayudó mucho a afianzar mi opción, fui a su boda y ahora es feliz en lo que ella eligió, yo por mi parte llevo, además de los dos años en Guadalajara, siete años en el seminario mayor de Tlalnepantla, en el cual he tenido grandes oportunidades que veo que Dio me ha brindado, como el hecho de poder ir a Tierra Santa de misión a Atlanta, y otras tantas cosas que han hecho que la vida de seminario sea maravillosa.

Estoy finalizando mi formación de seminario, y les puedo decir que soy inmensamente feliz, me siento pleno realizado, sé que Dios quiere esto de mí, los tres meses iniciales se han convertido en nueve años, que se me han hecho cortos, en los cuales también a habido crisis, problemas, angustias; en los cuales ha influido la familia que ahora acepta mi decisión y me apoya; en estos momentos que son los últimos de mi vida de seminario, al hacer este recuento descubro que Dios ha hecho cosas grandes en mí; estamos a unos meses de ser ordenados diáconos y se siente la emoción, descubro que ha valido la pena, descubro que realmente Dios me llama, descubro que lo poco que dejé Dios me lo ha retribuido con creses, simplemente descubro que la misericordia de Dios me ha acompañado en todos los momentos de mi vida, y no sólo de seminario; descubro que las cosas suceden por algo y ese algo es dar gloria a Dios con nuestras vidas, y si de algo sirve mi experiencia de vida en este caminar, pues bueno que Dios se encargue de escribir derecho en renglones torcido, a un a pesar de que el instrumento (osea yo) sea tan inútil y cabeza dura, descubro por último que vale la pena arriesgarse a decirle a Dios que sí, que vale la pena sentirse amado por Dios en este estilo de vida, que vale la pena dar la vida por el amigo.

Su amigo CASIOPEO


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