Te encuentras en: Seminario de Tlalnepantla-Relatos Vocacionales-Relato 05





¡Hola! Soy Eduardo, me puedes llamar Lalo, y en esta confianza te voy a revelar un secreto,
algo que trasformó mi vida, que al fin y al cabo todos llevamos pero que necesitamos encontrar.
Esta es una historia real, no es un cuento, es mi vida, es la historia de un hombre como tu, de
carne y hueso, que siente y piensa, ríe y llora, tropieza y se levanta, un hombre común pero lo
que lo hace distinto es la respuesta que da en la vida.
Nací un dia de abril de 1979 en Naucalpan de Juárez.
Estado de México. Mi papá hoy en día
es protestante y trabaja como empleado de seguridad para las casetas de cobro
del Estado de México. Mi mamá es ama de casa, pero ella sigue siendo católica
al igual que mis hermanos. Tengo dos hermanos, el mayor que ya se casó y la
menor que estudia y trabaja.
Crecí en un ambiente religioso, porque a mis papas les gustaba ir de vez en cuando a Misa, y hacer oración con nosotros, aunque nosotros de pequeños no entendiéramos mucho acerca de ello, lo más que pude entender era que si algo malo te pasaba era porque no te persinabas antes de salir de tu casa, y fui creciendo con algunos mitos.
Recuerdo muy bien que mi papá era mi gran héroe, ya que le tenía mucha confianza y con el
platicaba de todo, problemas de tipo afectivo, biológico, familiar, era un gran amigo, una persona
con carácter que sabía ordenar y dirigir a la familia, era un gran líder, una persona respetada por
los vecinos y la envidia de la familia por su manera de ser como esposo y como padre.
No fui gran intelectual en la escuela primaria, pero tenía otras cualidades que los demás no tenían, en artes como el dibujo, recorte, artesanías o manualidades, deporte, sobre todo Karate donde conocí el triunfo y derrotas en torneos al igual que en el Fútbol, poesía, el teatro, el baile, el trato con las personas, por cierto, nunca andaba solo, pues en cada año, según yo tenía novias, amigas con las que compartía mi infancia de manera sencilla, sin morbo, al fin era un niño, sólo me acuerdo de Beatriz a quien quise mucho y con quien compartí dos años de mi última estancia en la primaria.
Al mismo tiempo conocí otro ambiente de tipo religioso, pues mis abuelos paternos nos invitaron a una Iglesia en donde sanaban los enfermos, en donde pasaban «cosas raras» y donde entendí que el Espíritu Santo se posesionaba de ti, y hablabas con Dios, te desmayabas hablabas muy raro, con murmullos o gemidos extraños y convulsiones que aveces daban miedo pero que todo la gente que asistía a ese lugar los quería sentir, al grado de que el sacerdote que pasaba te imponía las manos, para que después te desmayaras; me acuerdo que me formaba para, (según me lo pedía mi abuela para recibir dones de Dios o una revelación) desmayarme pero no sentía nada y me volvía a formar. Posteriormente, dejamos de ir porque nos cambiamos de domicilio, ahora mi reto era hacer la primera comunión, y sí lo pude lograr ya que mi abuela paterna me ayudó. Esta fiesta fue especial, porque fue una fiesta cristiana, con alabanzas y danzas cristianas, en la cual no te puedo describir lo que viví pero algo llenaba todas mis aspiraciones en ese momento. En ese momento me sentía especial y por primera vez sentí muchos deseos de orar, de apartarme y estar un rato en silencio. Mas a la edad de 11 años no haces mucho caso de lo que pasa en tu vida y mi vida seguía siendo la misma de todos.
Alrededor de este acontecimiento, que ya estaba en secundaria, me decidí a ser el mejor, y lo
logré, fui el de las más altas calificaciones, me apodaban el “Sabio” pero me gané el desprecio
de mis compañeros de clase el único que me hablaba era mi hermano y ese creo porque era
mi hermano, parecía un año de soledad pero entonces hubo la oportunidad de ingresar a un
valet de danza azteca y danza regional, donde llegué a ser uno de los mejores danzantes,
este club me abrió a nuevos mundos a conocer otras personas y a relacionarme con más
gente, y a superar miedos, sobre todo a vences mi ego y la soledad en la que encontraba.
Mi mayor experiencia en este asunto fue haber salido en TV. en un programa llamado “Mi Barrio”.
Por si esto fuera poco, llegó el momento del enamoramiento, pues conocí a una linda persona dentro del mismo club de danza su nombre es Damaris, con quien duré meses, al principio todo iba bien pero nuestro carácter era diferente y no permitió que continuáramos nuestra relación. Cuando esto pasó me entro la depresión pues la quería mucho, pero la ayuda de mis amigos permitió que saliera adelante. En ese tiempo, es curioso pero habían algunas chicas que me ofrecían su cariño para ayudarme a salir de esa depresión, más siempre fui sincero y respetuoso con ellas y las conservé como amigas.
Después de estas gratas vivencias, me surgió una nueva oportunidad de conocer y ampliar mi
panorama cultural, social y económico, pues un vecino me iba a enseñar a tocar guitarra, pero
descubrí que era un gran músico, ya que tocaba en bailes públicos con grandes grupos populares,
a las cuales nos invitaba. Posteriormente acudíamos mi hermano y yo a los ensayos de ese grupo,
él aprendió a tocar la batería y yo los teclados (para este tiempo estábamos en 2° de secundaria)
pero para mejorar, en el instrumento, El señor David, director del grupos musical “Obssesión”, mi
vecino y gran amigo me presentó a unas religiosas de la orden de San Agustín “Agustinas Recoletas”
ya que ellas me iban a enseñar a tocar el piano y el órgano, pero no duré mucho tiempo con ellas pues
lo que me interesaba era agilizar los dedos para tocar mejor el instrumento. Esos días eran días de éxito,
pues ya tocaba en el grupo y recibía mi primer sueldo, mas como no podía atender la escuela y el grupo
deje el grupo y sólo me dediqué a mi último año de secundaria y a prepararme para la preparatoria.
En aquel entonces, me llegó el resultado para ingresar al nivel medio-superior, pero era evidente que los que ingresaban a dicha institución eran sorteados más no aprobados por su calificación y me mandaron a una institución que no quería. Fue entonces cuando decidí trabajar y estudiar. Entre a una fábrica de calzado para sostener mis estudios, ya que esta escuela era de computación y comercio, con lo que ganaba apenas me alcanzaba para los pasajes y para colmo de males vino la devaluación, donde todo subió menos el salario y tuve que dejar la escuela donde sólo había hecho dos semestres. Traté de ingresar a las oficinas de la FAM (Fuerza Aérea Mexicana) pero para ingresar se necesitaba de conectes y por tanto me ponían muchas trabas para ingresar aunque hubiera pasado los exámenes que ahí se realizan, lo mismo intenté con la Defensa Nacional pero era lo mismo. Llegó un día en que me encontré con mi vecino y amigo David y me propuso formar otro grupo y acepté, formamos los “Davis” con el cual duré dos años y medio. En este periodo de trabajo conocí a una veracruzana de nombre Alicia con la cual ya me estaba casando, pero entendimos los dos que nos faltaba madurez y nos separamos. En el grupo de música versátil, con la familia y con la fábrica todo iba muy bien, así que como estaba solterito determiné frecuentar más el Cine, el baile en antros y tardeadas realizadas por equipos de sonido populares, conocer otros estados de la república, pero aquí viene lo interesante de mi vida.
Tenía 17 años cuando pasaba algo extraño en mi vida, pues me hacía falta algo y algo en lo más íntimo de mi ser me llamaba, entonces acudí a las sencillas oraciones que de niño aprendí y como todo católico ignorante de su fe, acudí a un templo, sin ser conciente de que estaba fuera de la Iglesia Católica, pero al llegar a ese lugar con mi abuela paterna en el fondo se me hizo raro, vacío, mi abuela me propuso misionar con los de ese lugar y le dije que lo pensaría pero que sí me agradaba la idea, tal vez era el momento de regresar a Dios pero no sabía como. Entonces le platiqué de esta a mi amigo David, y con él platique largo y tendido sobre la Iglesia de lo que en realidad era ser cristiano, no sin antes saber cómo es que él sabía tanto y la respuesta llegó pronto pues había sido seminarista, de este tema no platicamos mucho pues no era de interés.
Decidí prepararme más en el piano y regrese al convento para continuar con las clases de música a de más de que era un lugar muy bueno para hacer oración, ahí las madres me recibieron muy atentamente pero luego bromeando me insistían para que entrara al seminario yo decía que no porque eso era una cosa muy seria y que yo quería casarme y tener familia, además ya empezaba otra vez de pillo con una vecina, por cierto muy linda, en su persona física, muy femenil, inteligente pues además estudiaba y quien me invitó a estudiar, sencilla, noble, bueno creo que era todo lo que necesitaba, su nombre es Margarita.
La mayor ocasión, por decidir qué hacer con mi vida ocurrió cuando falleció la esposa de mi amigo David, el grupo se detuvo un poco pues no era para menos, pues una señora tan joven y llena de vida nos dejaba. Mi amigo acudió a la Iglesia y se dedicaba a lo que antes hacía, dirigir coros, y entonces dirigió uno en Tecamachalco luego invitó a los de su grupo para apoyar en voces y en instrumentos, entonces cada ocho días después de tocar en bares íbamos a Misa, no obstante conocí a un gran sacerdote agustino, pero yo sólo sabía que era sacerdote, no alcanzaba a entender la diferencia entre diocesano y religioso, pero el caso es que ese sacerdote me cuestionaba en su forma de vivir y en sus predicaciones, al grado de que me confesé con él en el convento, en la sacristía, después de no confesarme por unos 4 o 5 años, como todos y con prejuicios, creí que no tenía perdón pero esa confesión fue una amena charla que me devolvió la vida y las ganas por hacer algo importante en mi vida, pero aún no sabía qué.
Mi papá había decidido irse a los Estados Unidos a realizar el sueño americano, así que casi yo me quedé a cargo de la casa, ya que mi hermano había perdido su trabajo, mi hermana estudiaba la secundaria y mi mamá atendía la casa y de vez en cuando lavaba y planchaba a los vecinos para mantenernos, pues en lo que mi papá mandaba su giro pasó mucho tiempo, sin embargo con lo que ganaba en el grupo y mi trabajo me alcanzaba y no obstante ya estaba cursando la preparatoria abierta pues no quería estar siempre trabajando de obrero, no porque fuera algo malo sino porque quería superarme.
Un día en que acompañaba a mi amigo David para ir a cantar al coro de Tecamachalco, sucedió algo que cambió mi vida: algunas personas lo buscaban para platicar con él de sus problemas, algo así como si él fuera una sacerdote, algunas ocasiones me tocaba estar cerca de él escuchando los problemas que le platicaban; el ver lo gordo que eran y cómo él los solucionaba, me inquietaba en mi interior. Sucedió una ocasión que unos jóvenes de ese lugar un día me consultaron para comentar algunos problemas pero descubrí que no puede guiar un ciego a otro ciego y fue cuando pensé en algo definitivo, irme al seminario, decidí dejarlo todo aunque todavía no sabía a qué me enfrentaba.
Platiqué esto con mamá, creí que no le preocuparía pues me dejaba hacer lo que yo quisiera, pero en esto dio el grito en el cielo y le reclamó a mi amigo David por meterme en la cabeza esas ideas, a sabiendas de que no era él, entonces mi amigo sabiamente platicó con mi madre de la vocación de la Virgen María y la convenció, al grado de que mamá se resignó y me dejo libre.
Mi amigo David me llevó con un compadre sacerdote que había sido rector del Seminario Menor de Tlalnepantla el Padre Leoncio quien me atendió y me informó acerca de lo que proseguía en mi vida y me ofreció su ayuda incondicional. Al parecer, hasta este momento las vías que yo había escogido parecían cerradas pero esta sin más ni más se abrió de par en par. Sin embargo, en la fábrica donde laboraba, comente con algunos de mis compañeros acerca de esto, creían que estaba loco. La noticia llegó al patrón , y el patón me mandó hablar para hacerme ver que estaba muy joven para malgastar mi vida en ese lugar, me ofreció aumento de sueldo, su carro en pagos, viajes, vacaciones y los goces y disfrutes de la vida y accedí, pues era una oferta que no podía dejar pasar, así que llegando a casa platiqué con mi amigo David y le anuncié que yo no me iría al seminario porque había cambiado de planes, el se molestó pero lo aceptó. Para los que no creen que Dios habla por teléfono, en ese momento sonó el teléfono y preguntaban por mi, hablaban del seminario para confirmar mi asistencia al preseminario que comenzaría el día siguiente, me quedé mudo, no sabía qué contestar pero dije que SÍ, que ahí me esperaran. Al día siguiente me presenté a renunciar y sin más que decir el patrón me liquidó y con eso compre lo necesario para ingresar al Seminario. Esa tarde hable con Margarita su sonrisa después de la noticia se transformó en tristeza y culpó a mi amigo David de ello. Hasta la fecha ya no se hablan como antes.
Llegó el día de cambiar mi ruta, no miré atrás porque me iba a ganar la emoción, y tal vez retrocedería.
Llegué al lugar al Seminario de Tlalnepantla donde a principio me sentía extraño, pero luego me sentí
como en casa o mejor que en casa. Conocí al Espíritu Santo, en cuya relación no necesariamente se te metía y te hacía hablar raro
ni retorcerte, lo conocí por que me dejaba ser, y dejaba que expresara lo que llevaba dentro del corazón
tan sencillo y tan simple que yo mismo me admiraba de las palabras que salían de mi boca y me sentí más
seguro en lo que hacía y en la decisión que había tomado, sabia que era la mejor. Quisiera describirte lo que
viví en ese momento pero me faltan palabras o no existen, sólo sé que este asunto lo experimenta el que
se atreve a vivirlo, porque no hay aventura más grande que el que la vive confiando en Dios. Fué dentro de esta confianza en
Dios que me dieron el pase para ingresar al Seminario Menor, para el cual no revalidé, ingresé desde abajo.
Entré al Seminario Menor de Tlalnepantla el día 17 de Agosto de 1997 año jubilar de Nuestro Señor Jesucristo.
Para este entonces mi papá que ya estaba instalado en Estados Unidos no se opuso, mas al cabo de un par de meses ya él
se había cambiado de religión, que a mi modo de ver «cambió su herencia por un plato de lentejas» haciéndose “Testigo de Jeová”,
y desde entonces no acepta que esté aquí, y bueno el papá que teníamos nos lo cambiaron completamente.
A principio era difícil la convivencia pero con sano diálogo lo hemos superado.
Estoy cursando mi séptimo año en el Seminario de Tlalnepantla y no me arrepiento de la
decisión que tomé, no te miento, he vivido días de duras pruebas, de llanto, de desesperación
pero también de alegría y de éxito y felicidad. Si te preguntas si extraño lo que hacía antes
o una compañera en mi camino, te diré que la respuesta es muy sencilla pero tan sencilla que
cuesta trabajo encontrarla:
«QUIEN LLENA TODO MI SER ES JESÚS EUCARISTÍA, CON ÉL CAMINO,
CON ÉL PLATICO, CON ÉL CONVIVO, CON ÉL TRABAJO Y A ÉL LE PIDO QUE ME CONCEDA LA
GRACIA DE SER UN SACERDOTE SEGÚN SU CORAZÓN.
Haz de comprender que el camino no es fácil, pero eso es lo que lo hace interesante, retador
y sencillo, eso es comenzar a ser cristiano pues “No es buen corredor el que llega a la meta
sino el que sigue corriendo” y yo no quiero dejar de correr. “Hay hombres que luchan un día
y son buenos, hay otros que luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años
y son muy buenos pero hay quienes luchan toda la vida esos son los imprescindibles”.
Más mi mayor consigna es “Te dejo a mi Madre para que ella te guíe y te ayude a conservar
mis palabras en tu corazón”.
Te encuentras en: Seminario de Tlalnepantla-Relatos Vocacionales-Relato 05




