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Una breve historia

El sacerdocio no es para mí...

A los 9 años hice mi 1ª comunión, algunos compañeros de escuela me preguntaban que quería ser de grande y yo contestaba que no sabía bien, a veces me llamaba la atención ser Sacerdote. A unos meses de terminar la secundaria, Dios me invitó a través de un compañero a cursar el bachillerato en el Seminario. Sin embargo, contesté que eso no era para mí. En el tercer semestre del nivel medio superior, caí en un estado de depresión del cual casi nadie se dio cuenta, empecé a sentir la necesidad de encontrar una salida a todo lo que me rodeaba y me dije: “Me he alejado de Dios todos estos años y creo que por eso me ha ido tan mal, ¡Dios mío, perdóname!, Voy a empezar a ir a misa otra vez”.

¡Samuel!, ¡Samuel!; y Samuel dijo: "Habla que tu siervo escucha" (1Sm 3,10)

Volví a ir a la parroquia asistía durante mi niñez, al poco tiempo sentí que Dios me llamaba en el momento de la Eucaristía a la hora de la comunión. A pesar de ello seguía cargando muchos de los sentimientos y rencores de tiempo atrás y dejé pasar tres años y una mañana tocó Jesús a mi puerta a través de un par de jóvenes que me invitaron a tener un encuentro vivo, de ojos abiertos y palpitante corazón con Él (Cristo) y vivir un vida nueva, esto sería en un retiro de evangelización en una parroquia cercana a mi casa.

En ese Retiro me encontré con Jesús, quien sanó mi interior, renovó mi fe, volví a tener el deseo de vivir y la alegría afloraba por todo mi ser. A mi mente vinieron muchos proyectos: como llevar el Evangelio a todas partes y hacer que la gente conozca a Jesús, sobre todo utilizando la música pues ya pertenecía al coro desde hacía un tiempo. Dentro de mis planes estaba también terminar la carrera de Ingeniería en una escuela pública y realizarme como profesionista, formar una familia (ya había candidatas) y disponer de un buen sueldo, apoyar los proyectos de la Iglesia. Suena bien, ¿No? Sin embargo...

"Haced lo que Él os diga" (Jn 2,5)

Cursaba el sexto semestre de la carrera y estando en misa el Martes Santo de 2000, mi párroco dijo: “Sinceramente, yo no pensaba celebrar misa el día de hoy; ya que no hay intención a celebrar y a pesar de que el sacristán no hizo llamada alguna, ustedes están aquí. Si están aquí, no es porque sean buenitos, sino más bien, porque el Señor quiere algo de ustedes. ¡Escúchenlo! Él les dirá que hacer.” Empezó la celebración y en el momento de la proclamación de la Palabra, pase a leer pensando: “Señor, te serviré de instrumento para que la gente que está aquí descubra tu voluntad”. Me llevé una gran sorpresa al ver que la lectura trataba de lo que yo iba pensando (Is 49,1-6). Medité a solas la lectura de ese día y poco a poco en mi mente volvían a reproducirse esos momentos tan especiales en los cuales llegué a sentir el llamado de Dios. Me sorprendí al darme cuenta de cómo Dios va trazando su Plan de Salvación y suspirando dije: “Señor: he desperdiciado mas de seis años de mi vida queriendo hacer las cosas a mi modo. Te doy gracias; porque aun sin ser tu voluntad me concediste cuanto yo te pedía, para demostrarme que no era lo que querías para mí y sostenerme en las caídas que fueron producto de mi estúpida necedad.” También pensé: “Ahora es tiempo de responderte como te mereces, ¡Ayúdame realmente a cumplir tu voluntad!”

El Viernes Santo, antes de empezar el vía crucis, el párroco pidió la presencia de cinco varones para la procesión y me sentí muy identificado con cristo sufriente aunque yo solamente llevara la cruz alta que encabezaba la procesión. Al escuchar “Jesús fue condenado a muerte”, comprendí que el camino de un verdadero discípulo es imitar en todo al Maestro, sí Jesús dio su vida por todos nosotros y obedeció; me di cuenta que Él quería que yo hiciera lo mismo.

A partir de aquí, decidí entrar al Seminario, primero acabaría el sexto semestre de la carrera y trabajaría en la parroquia mientras se ayudaba a la formación de las Pequeñas Comunidades Eclesiales de Base (CEB’S) y los equipos de trabajo. Fui al pre-seminario en el verano de ese año, hubo opiniones encontradas causadas por mi decisión de ingresar al seminario, hubo oposición hasta en mi propio hogar. Gracias a Dios todo se fue solucionando poco a poco y actualmente estoy terminando mis estudios filosóficos; vivo feliz y entusiasmado de poder entregar a Dios aquello que me está pidiendo. Es cuestión de voluntad; Dios nuestro Señor desea lo mejor para sus hijos, responder a ésta invitación no es una babosada, ni una locura, es tratar de vivir una vida plena siguiendo el ejemplo del Maestro de Nazaret, si te sientes llamado no te resistas, se feliz y que Dios te ilumine y te de la fortaleza que necesitas para decidirte a decir si.

Atentamente "Samuel"


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