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El tiempo en que surgió mi vocación o más bien en momento en el que me sentí llamado al sacerdocio es un poco impreciso, creo que siempre es así, Dios llama a través de muchas situaciones, personas, circunstancias.
No obstante, puedo creer que fue hace poco tiempo, tres años aproximadamente, y aunque de niño me daba curiosidad el “señor que decía la misa”, su vestimenta y a veces me preguntaba sobre su vida, cómo era, pero nunca tuve la idea de decir que quería ser como él. Hace un poco más de tres años (16-dic-2000) estuve es un retiro que giró mi vida hacia Cristo de una manera que no puedo explicar con palabras (pero trataré). Después de ese retiro me incorporé al grupo juvenil de la parroquia donde conocí más de cerca al párroco –quien fue quien coordinó el retiro–, a su equipo de apoyo, a los del grupo y también a los seminaristas y religiosas; sin embargo, en ese momento no me llamó la atención el sacerdocio, bueno, no conscientemente porque aunque yo no creía manifestar interés por la vocación sacerdotal, según comentarios que después gente muy cercana a mí me hicieron, ya presentaba signos de ser un seminarista próximo. Estaba muy feliz en el grupo. El hueco que sentía en mi interior se fue llenando pero no por completo; siempre quedaba un pequeño hueco. El grupo no me era suficiente, me refiero a que no sentía que todo mi ser podía ser aprovechado, no estoy diciendo que el grupo no “estaba a mi nivel” que ciertamente no lo estaba porque estaba en otro y más alto. Dentro de mis oraciones le pedía a Dios que me permitiera seguirle más de cerca. No recuerdo de donde saqué eso y puedo asegurar de que en ese momento ¡no sabía lo que pedía! Pero yo insistía. Nunca me imaginé que me diera como dice una no muy popular canción: “So much more that I was wanting and can imaging that time .” (Mucho más de lo que quería y podía imaginarme en ese momento).
Fue hasta una jornada vocacional que hicieron en la capilla lo que me volvió a girar todavía más. En concreto fueron dos charlas, una sobre el seguir comprometidamente a Cristo y otra sobre las vocaciones específicas. Allí fue cuando me cuestioné mi forma de seguir a Cristo y supe que yo no estaba exento de que me llamara al sacerdocio. Afortunadamente en ese momento, el Espíritu Santo me iluminó y no cerré mi corazón a dicha posibilidad o mejor dicho a dicho llamado. No sabía –al menos no claramente– que me llamaba al sacerdocio pero si tenía claro que me llamaba a seguirlo más de cerca. Dentro de mí meditaba: “no voy a cerrarme a ninguna de las posibilidades”.
Ahora descubro que sólo pudo haber sido Él quien sembró esta pequeña semilla en mi corazón. Me invitaron al Retiro de Discernimiento II donde descubrí muchas cosas tanto de mí, de la vocación sacerdotal, pero sobre todo, cómo Dios me había llevado dulcemente por sus caminos sin perturbar mi libertad. Y entonces decidí llevar un acompañamiento vocacional con uno de los seminaristas. que en ese entonces estaba en la Pastoral Vocacional. Durante el retiro y todo el poco acompañamiento –en cuestión de tiempo– me percaté de infinidad de signos que apuntaban a que Dios me llamaba al sacerdocio y auque yo le había encontrado mucho gusto y agrado al sacerdocio todavía no estaba seguro; ponía muchos pretextos y muchos “peros”. Era muy necio –más que ahora– porque cada día, cada relación, cada persona, cada palabra, cada momento de apostolado y de servicio en la parroquia y en la casa-hogar donde asistía, todos estos eran gritos de Dios pero no estaba convencido.
En aquel tiempo estaba por entrar a la Universidad y no sabía que hacer. Influyó mucho que mis papás no estaban muy convencidos de mis inclinaciones al seminario; aparte que no entendían muchas cosas de las cuales a veces ni yo entendía o no sabía expresarlas. Por motivos escolares no pude asistir a todo el preseminario: los primeros dos días sólo estaba allí en la tarde y cuando llegaba a las pláticas me sentía desconectado y los dos días siguientes estuve completamente. De pronto decidí no entrar a la Universidad, pese que ya estaba inscrito, y entrar al seminario. Realmente, en el fondo de mi corazón, no quería hacerlo, quería experimentar la vida universitaria y la carrera que había escogido, así que no entré al seminario. Recuerdo que le dije al padre encargado de la pastoral Vocacional que si me aceptaban lo pensaría y probablemente entraría al próximo año. Aunque fue una profecía que se cumplió hace ya tiempo, ahora que lo medito me da mucha risa mi actitud como si el seminario fuera una “escuelita” o un club social o algo por el estilo. Agradezco a Dios no haber entrado el año pasado, no por los compañeros, al contrario, sino porque era una decisión, muy imprecisa y con poca madurez vocacional.
Estuve separado de esto casi dos meses y comencé de nuevo, ahora en un círculo vocacional tomando un proceso vocacional con más calma y tiempo –el anterior fue todo muy rápido. Entre a la universidad. Una experiencia realmente maravillosa, esos días fueron muy felices para mí, tomando las clases que me gustaban, estaba cerca de “La Sabatina” aquel hermoso templo carmelita donde asistía a misa entre semana y a veces en mi tiempo libre podía ir a descansar con y en el Señor en alguna de las capillas de la escuela. Los sábados, cuando no iba a clases, seguía yendo al grupo juvenil de la capilla y tenía mi acompañamiento vocacional personal con otro seminarista; además de asistir los domingos después de misa a los círculos vocacionales.
El primer semestre fue muy intenso, principalmente
en el sentido vocacional. Dios me llenó de signos
que me gritaban entrar al seminario, desde el enfermo, pasando por los sacerdotes que veía celebrar,
confesar, atender a la gente, la falta de compromiso y sentido de la vida de mis compañeros a causa
de que no había nadie que los alentara, hasta la gente movida por el Espíritu Santo que me decía su
hambre y sed de sacerdotes de Cristo. Fue cuando me decidí entrar al seminario después de muchos retiros,
mucha oración, mucho pensarlo, mucho meditarlo y, sobre todo, madurarlo.
Hablé con mis padres quienes lo entendieron muy bien. En lo que no comprendían al principio, seis
meses después me apoyaban y me siguen apoyando. También se lo comenté a mi párroco para un seguimiento
más específico. No quise divulgarlo con la demás gente y mucho menos con mis amigos y familiares porque
sabía que el trato hacia mí iba a ser diferente, no desfavorable, no me iban a rechazar o a reprochar
sino todo lo contrario y dicho y hecho así fue; cuando se enteraron les dio mucho gusto y, por más que
se los pedí, no me hicieron caso y cambió su trato para conmigo.
Durante todo este tiempo, mi párroco me mostró un Cristo vivo, trabajador, entregado. Siempre me apoyó, me asesoró, me custodió, me corrigió, me alentó, en fin, siempre estuvo pendiente a mi proceso. Siempre preocupado por mi decisión y dispuesto a colaborar. También influyó mucho el trabajo apostólico que realicé: dos misiones, la casa “Don de Dios”, el Grupo Juvenil, la misa dominical con el servicio del altar, por supuesto las Horas Santas de los jueves, las dos Semanas Santas que viví en la parroquia y también los retiros, tanto los que viví –por así decirlo– y los que estuve en el equipo organizador. No puedo decir que haya un acontecimiento muy específico que me ayudara a escuchar Su llamado ya que son muchas; más bien es un todo, un solo grito –a veces murmullo– que pude descifrar. Terciaron también algunos sacerdotes y algunos religiosos y religiosas que conocí, también amigos por lo que el Señor se manifestaba sin ellos darse cuenta y mucha gente que se acercaba a mí tratando de ver el rostro de Cristo.
Asistí al Retiro Vocacional II (nuevamente) para reafirmar mi “sí” de seguirle más de cerca en la vida seminarística con la magna esperanza de hacerlo en el sacerdocio. Después vino el pre-seminario y demás momentos de acercamiento al seminario y aquí estoy a casi tres años del primer amor Tanto me ha dado el señor y no sólo en estos casi tres años últimos sino en toda mi vida y he venido no a pagarle porque esta vasija de barro no llega al precio, sino a responderle y tratar de agradecerle a pesar de mi pobreza…
A ti joven, te invito a seguirle más de cerca, ¡haz la prueba y verás que bueno es el Señor!
Lo antes relatado no sigue estrictamente un orden cronológico ya que varios de los acontecimientos
mencionados fueron al mismo tiempo. Tampoco agota todo el surgimiento de mi vocación ya que este está
lleno de detalles y es muy extenso.
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