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Nací el 23 de Mayo de 1971, en la Barca Jalisco, soy el segundo de cinco hijos de la pareja de Catalina y Francisco, llegué a la Ciudad de México a la edad de cuatro meses, así es que toda mi vida la he pasado aquí, Estudié hasta quinto grado en la primaria Libertad (a un costado del Palacio Municipal de Naucalpan), y el sexto año en la primaria Anáhuac en la primera sección de Loma Colorada.
La secundaria en Echegaray, en la Federal no. 11 “Lic. Benito Juárez”, cursé además estudios a nivel técnico de administración y trabajé por un período de 6 años en una empresa textil, en los departamentos de contabilidad y crédito y cobranzas.
Mi inquietud vocacional inició cuando tenía 11 años, ya que apoyaba al P. Javier Vega como monaguillo, sin embargo en ese tiempo por cuestiones económicas no me fue posible seguir estudiando, así que a los 17 años ingresé a trabajar y me olvide por un momento de la cuestión sacerdotal por ayudar a mis padres a construir nuestra casa.
A los 20 años tuve la intención de casarme y formar mi familia, pero Dios tenía para mí otras cosas más, ya que de la noche a la mañana perdimos todo nuestro patrimonio familiar y nos vimos en la necesidad de volver a comenzar ahora en Atizapán; por este motivo me alejé completamente de todo (amigos, novia, Iglesia, etc.). Fueron tres años en los que al ir edificando nuevamente la casa de mis padres, también reconstruía mi vida, ahí Dios me presentó a un gran amigo El P. Ramón de los Clérigos Regulares Teatinos, un hombre de Dios con un corazón inmenso y una sencillez admirable; con él tuve oportunidad de ir redescubriendo que Dios si me había estado llamando de muy diversas maneras, pero que por todas las dificultades que se habían presentado no estaba en condición de brindarle una respuesta.
El Padre Ramón me invitó a ayudarle en las actividades que realizaba, primero en la liturgia y poco a poco me fue encomendando más actividades, hasta que una vez cuando trabajábamos en la construcción de un muro de contención para la capilla me invitó a participar en el preseminario de una semana; fue ahí donde pude reunificar mi historia y descubrirla a la luz del llamado vocacional. Reafirmé mi convicción de ingresar al seminario, pero dicen que “si no hay lana no podemos tejer”, y es cierto así que el mismo P. Ramón me presentó a la familia Téllez Pérez, quienes desde el principio me acompañaron con su cariño oración testimonio y por supuesto con su apoyo económico, (¡No tengo palabras con que agradecerles, y pido a la Iglesia que se una a mi oración para que se sirva otorgarles infinidad de bendiciones!),así que aparte de los muchos regalos que me ha dado Dios ya no sólo tengo una familia sino un montón, pues además tengo dos hijos de 11 años que yo no hice, pero que quiero mucho, ellos son Porfirio y Arturo.
Estuve tres años en el Seminario de los Padres Teatinos, haciendo los estudios de preparatoria en el Instituto ETAC, Lomas Lindas, de ahí aprendí a no tener nada por mío y a compartirme abandonándome en la Providencia, a ejemplo de San Cayetano, los Padres no solamente son excelentes sacerdotes sino increíbles amigos que me enseñaron Como se vive en una fraternidad sacerdotal. Mil veces gracias a Dios y especialmente a Fidel Rojas, y a los PP José Luis y Salvador Rodea.
Después ingresé en el Seminario Mayor de Tlalnepantla el año de 1997, (justo el primer día que se reinstalaba a los pies de nuestra Madre María de los Remedios, después de haber sido por 14 años Interdiocesano), aquí cursé los estudios filosófico-teológicos.
En este lugar he encontrado infinidad de amigos y hermanos, tanto sacerdotes como seminaristas, encontré para mí un papa que es a todo dar, Apolonio Álvarez, a los PP Leoncio, Emiliano de Jesús, Arturo, Jacobo, y a mis formadores Marcelo, Pedro Benítez, Fernando, Andrés, Apolo y al P. Martín que me hizo quererlo, pero por la infinidad de golpes que siempre me dio, y que seguramente eran porque le preocupaba mucho formarme en la virtud.
De mis hermanos de formación ni que decir, amo profundamente a mi Seminario, pues me ha brindado infinidad de momentos felices y llenos de significado, aún cuando todos y cada uno está en mi corazón, sin embargo quiero especialmente agradecer a José Guerrero y a Sergio Hernández, pues me regalaron lo más precioso de su amistad, al Bombochito de Isaac, que me acompañó en todo momento, y a mis compañeros de grupo con quienes he compartido los últimos siete años.
También gracias a Dios estoy en el último semestre de mis estudios, y que bueno, porque aún cuando han sido muy bellos por todo lo ya dicho, también he de reconocer que no tengo vocación seminarística sino sacerdotal, y bien que mal después de 10 años seguiditos de formación ya me urge un tiempecito de relax en otro ambiente.
Por último invito a todos los que tengan oportunidad de leer esta aburrida historia vocacional, a que hagamos todo lo posible por apoyar incansablemente al Seminario, a fin de que no se pierda ninguna vocación de las que el Señor sigue sembrando en el corazón de muchos jóvenes y que esté en riesgo de no florecer a falta de recursos espirituales o materiales (nadie es tan pobre que no pueda elevar una oración, ni tan rico que no pueda compartir un poco de la vida).
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