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Por Raúl Molina Ortega
“Deja tu tierra, tu pueblo y tu familia para ir a la tierra que yo te muestre.” (Gen 12,1)
Cuando estaba en segundo año de secundaria alguien me preguntó qué me gustaría estudiar o qué me gustaría ser de grande, ya que se me acercaba el tiempo de elegir alguna escuela adecuada que me auxiliara en la preparación para lo que sería mi carrera; mientrastanto los fines de semana los dedicaba al trabajo y a estar en la Iglesia, ya que pertenecía al coro y grupo Juvenil; mi ideal era ser Licenciado (leyes) o arquitecto.
Un fin de semana llegaron al grupo juvenil cuatro seminaristas que nos avisaron que estarían con nosotros durante algunos meses para darnos algunas platicas, allí fue donde nos explicaron qué era un seminarista y a qué se dedicaban; en una de sus pláticas nos explicaron su vivencia dentro del seminario y el testimonio de uno de ellos me cautivó de una manera muy impresionante y me preguntaba si la Iglesia no sería mi camino a seguir, pero francamente me negaba más aún porque estaba en segundo año de prepa y no quería interrumpir mis estudios además de que trabajaba y no tenía tiempo de nada.
Cuando estaba por terminar la preparatoria me cuestionaba mucho por la carrera a estudiar, ya que la arquitectura y las leyes ya no me interesaban, pensaba mejor en ser maestro de Matemáticas o sicólogo, sin embargo, la inquietud por la vida sacerdotal aumentaba cada día debido a que en el grupo juvenil habíamos hecho algunas obras de acción social yendo a horfanatorios, asilos de ancianos, nos fuimos de misión a dos diferentes municipios en diferentes ocasiones y a uno que otro retiro; en todas esas acciones me daba cuenta de que la necesidad de Dios en la gente era mucha y que habían pocas manos trabajando, así que aún con dudas decidí tomar las platicas sobre discernimiento vocacional. Después de algunas platicas en el seminario menor y de alguna entrevista con el rector del seminario de la arquidiócesis de San Luis Potosi, estaba casi convencido de que ése era mi camino, sin embargo los planes de Dios para conmigo cambiarían, ya que por cuestiones del trabajo de mi papá, tuvimos que cambiar de residencia y partir a la ciudad de la eterna primavera (Cuernavaca Morelos), así que a empacar. Lo primero que hice fue buscar el seminario diocesano para seguir con mi discernimiento; allí en Morelos fue que tuve una experiencia más grande y más palpable del llamado que Dios me estaba haciendo, ingresé al grupo juvenil de mi comunidad parroquial y a los tres meses era yo el encargado del grupo así que a trabajar todo lo que había aprendido en San Luis con mis amigos los seminaristas, de los cuales dos ya son padres y uno está en su último años dentro de su formación en el seminario. Cuando menos me di cuenta ya tenía muchísimas actividades dentro de la parroquia y las misiones que realizábamos en los municipios más lejanos de la diócesis fueron las que más me motivaron a tomar la decisión de ingresar al seminario descubriendo en la gente más sencilla, en los más pobres, en los más olvidados la necesidad que tenían de Dios.
Fue en el mes de Agosto de 1998 que ingresé a la primera etapa del seminario en Cuernavaca al curso propedéutico con una duración de un año, año en el que mi familia se regresó a vivir a San Luis Potosi, mientras que yo decido quedarme en Cuernavaca. Posteriormente estudié cuatro años de la carrera de Filosofía; y debido a algunos problemas de carácter familiar me cambié de seminario a la Arquidiócesis de Tlalnepantla; a cursar la teología dispuesto a seguir dando respuesta al llamado de Dios, a quien pienso seguir sirviendo hasta que él me lo permita.
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