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Libre como las aves

Hoy me lleno de alegría el poder recordar nuevamente acerca de mi historia vocacional y me da gusto saber que no fue una historia de grandes héroes donde hacen magnánimas cosas para salvar a toda la humanidad con sus ultra poderes indestructibles, o como los grandes personajes de la antigüedad del mundo griego o romano.

En mi caso no fue así, fue algo tan sencillo, tan silencioso, tan ordinario, tan normal pero de suma importancia y validez, porque ahora me doy cuenta de que siempre Dios estuvo ahí…

Comenzaré por describir el ambiente religioso de mi familia: Mi hermosa familia está compuesta por seis miembros contando a mis padres, mi madre es para mi ejemplo de confianza en Dios, nos enseñó desde muy pequeños la devoción a la Virgen María, recuerdo que antes de irnos a dormir rezábamos a nuestro ángel de la guarda porque mi madre, decía, que descansaría junto a nosotros, cuidaría de nuestros sueños y nos acompañaría a lo largo del día siguiente. Mi padre por el contrario demostró poca devoción, sin embargo, ahora sé que mi padre siempre fue un hombre de gran fe. Son tantos detalles que quisiera compartirte, pero creo será en otra ocasión.

Como la mayoría de los niños me agradaba la idea de jugar básquetbol en un aro que estaba fuera de la casa de un amigo, detrás del juego me enteré que dos de mis grandes amigos de la palomilla iban todos los sábados por la mañana a casa de “Juanita”, como se le decía de cariño, a tomar clases de catecismo, me llamó mucho la atención la palabra catecismo sobre todo porque nunca la había escuchado en mis cortos nueve años de vida. Dejé que pasarán los días, me olvidé del asunto de la doctrina y no fue hasta las vacaciones de verano de ese mismo año que volví a escuchar la palabra “catecismo”, me interesó saber no precisamente sobre la temática sino porque regalaban dulces y por supuesto no dude dos veces en ir. Al contarle a mi mamá, recuerdo que me dijo: "No conozco nada del catecismo, pero si quieres te llevo". El siguiente sábado asistí, cual fue mi sorpresa ¡solo me dieron ese día un chicle!, tanta fue mi desilusión que no volví a pisar más el gran catecismo, porque como todo niño de nueve años, me iinteresaba más el juego y los dulces, que aprenderme los rezos.

Al mes, Juanita fue a buscarme a la casa, para saber el por qué de mis faltas, eso me agradó, al hacerme la invitación asistí nuevamente y me gustó tanto que no sentí los sábados. Se llego la hora de decidir la fecha para hacer mi primera comunión, recuerdo que nos pedían como documentos una copia del acta de bautismo, al llegar a casa le comente a mi mamá y a mi papá que tenía muchas ganas de hacer mi primera comunión, tan grande fue la sorpresa al enterarme que mi hermana Irán y yo no estábamos bautizados, no sabía lo tan importante de su significado, que solo me interesaba poder hacer mi primera comunión y por supuesto para lograrlo me tenía que bautizar.

Le insistimos tanto a mi papá que su respuesta fue que teníamos que esperar porque no tenía dinero para hacer una fiesta ni para el bautismo ni para la primera comunión. Me desanimé y solo me preguntaba que tanta importancia tenía una fiesta o mi bautismo.

Un año después, mi papá nos dijo que sí nos bautizarían, fue alrededor de 1990, donde me hice Hijo de Dios y miembro del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. En el mes de agosto de 1991 recibí por primera vez al Maestro de Nazareo en las especies del pan y el vino, quien se convertiría en el “amigo de los amigos” en la Basílica de Nuestra Señora de los Remedios. Fui tan feliz que seguí asistiendo al catecismo toda mi etapa de secundaria, comencé por enseñarle a persignar a los más pequeños hasta darme la oportunidad de tener mi propio grupo.

Al ingresar a la preparatoria el ambiente, los amigos, la novia, las idas de pinta hicieron que me alejara de ir los sábados a la doctrina, es verdad, lo cambié por una cita con mi novia e irme a divertir con los amigos, siempre creí que Dios estaba alejado de mí, sin embargo, nunca fue así, porque fue cuando Dios estuvo más cerca de mi en esta etapa de mi vida.

A finales de 1994 tras una fuerte prueba familiar, mi catequista que aparentemente yo había abandonado me hace nuevamente la invitación no para asistir al catecismo, sino para ingresar a un grupo de jóvenes en la Basílica de los Remedios. Ignoraba en que consistía y no fue sino hasta un mes después que decidí asistir, me agradó tanto el grupo que lo convertí en una prioridad en mi vida. Me animaba tener nuevos amigos y sobre todo porque las fiestas que se realizaban cada fin de semana, eran padrísimas, que barbaridad ¡Cambiábamos la Biblia por las pachangas! ¿Porqué regrese a la Iglesia?, no lo se, tal vez porque son cuestiones que siempre se las he dejado a mi Padre…

En el año de 1995, recibí la noticia de que un amigo había intentado suicidarse, estaba metido en las drogas, en el alcohol, su novia lo había dejado, se sentía tan mal que cuando me lo contó me puse pálido, no sabía que decir, ni como ayudar, lo único que me pasaba por la cabeza es saber porque el hombre le perdía el sentido a su vida, hasta llegar al extremo de dejar de vivir…

Esa misma tarde en la Basílica se llevaba a cabo la asamblea de oración, el padre que nos dirigió la reflexión era del seminario menor que en ese tiempo se encontraba a espaldas de la Basílica, el padre se llama Alfredo Jacinto, al terminar la reflexión invitó a los jóvenes a seguir a Jesús más de cerca con la siguiente frase: "La mies es mucha y los obreros pocos", comentó que hacían falta sacerdotes para dar a conocer a los hombres a Dios, sobre todo a aquellos que se sienten solos y desesperados, sus palabras hicieron eco en mí, que las recordaba constantemente, lo olvidé por el momento y no tarde tanto en volverlas a recordar, siempre he dicho que Dios me hizo “manita de puerco”.

Un amigo del grupo de jóvenes llamado Mariano me hizo la invitación de acompañarlo al seminario, el decía que quería ser sacerdote y que iba a entrar, cómo es la vida, entre yo al seminario y es la fecha en que él no se decide, nunca en mi vida había ido a uno, no sabía que era ni nada al respecto. Cuando el padre Sixto que estaba a cargo de los jóvenes en la parroquia comentó que se había formado en un seminario me llamó la atención el saber ¿Cómo?

Mi primera visita al seminario fue inolvidable, sobre todo porque conocí a los seminaristas, en el pasillo de las instalaciones se me acercó uno y me hizo la invitación de ingresar (fue el padre Luis que se encuentra en Nicaragua) mi respuesta inmediata fue un ¡No! y solo me reí.

Sería mentira decir que las palabras del sacerdote y la de entrar al seminario no me importaron, puesto que no dejaba de pensar en ellas, no sabía ni cómo, ni por qué, esto me sucedió a principios de 1996.

Un día al estar comiendo en la casa se me salió comentarle a mi mamá: "Quiero ser sacerdote y me gustaría entrar al seminario", mis palabras causaron tremendo estrago en mi familia y en especial en mi madre que se manifestó en desacuerdo, tanto que al siguiente día me fue a buscar a la Iglesia para platicar con el padre, pues quería saber con quien me juntaba y quién me estaba metiendo esas ideas en la cabeza.

Pasó el tiempo, seguí estudiando la preparatoria, como pasatiempo me gustaba el teatro, ya lo estudiaba desde 1994 y solo me duró el gusto dos años porque lo deje de estudiar. Tuve grandes amigos con los que compartí la vida, tuve como novias mujeres que eran joyas preciosas, lo tuve todo hablando material y afectivamente, pensaba que no me faltaba nada, sin embargo no era así, porque en el fondo sabía que me faltaba algo y no sabía qué.

Al platicar con un sacerdote, me comentó que tal vez era la inquietud de entrar al seminario y me aconsejó que hiciera mucha oración delante del sagrario y le preguntara a Dios si me quería para Él, sus palabras se escucharon demasiado fáciles, pero en la práctica me costo bastante trabajo, porque no oía nada puesto que esperaba un signo extraordinario o algo fuera de lo común para cerciorarme de mi llamado, ahora entiendo que las mismas circunstancias de mi vida me hablaban y que Dios a través de ellas me invitaba a seguirle.

El 30 de abril de 1996 decidí entrar al seminario, al comunicarle a mi madre, me lo negó porque era menor de edad, y porque decía mi madre que era bien noviero, que me gustaba mucho bailar, que me la pasaba bastante tiempo en la calle, que no creía que podía aguantar y mucho menos me imaginaba como seminarista, aunque en el fondo quería que le diera nietos, por lo tanto tuve que esperar el momento preciso, ahora sé que la pedagogía de Dios es única y que rebasa mi entendimiento…

El 14 de agosto de 1997 fui a platicar con el rector del seminario menor, en ese entonces era el P. Ricardo Fuentes, al platicarle mi inquietud de entrar al seminario me dio un ¡No! con firmeza, me desanimé, me puse de pie, le di la mano y le ofrecí mi gratitud, antes de salir de su oficina me dijo: «Rigoberto, vienes tres días antes de iniciar el curso, no haz vivido un preseminario ni círculos vocacionales, si de verdad quisieras entrar lo hubieras buscado, (aunque nunca supo que mi inquietud venía de tiempo atrás), mira, (me dio una hoja donde venían todas las cosas que se necesitaban para entrar) tráete tus cosas para una semana y ya veremos».

Esas palabras jamás se me olvidarán y las puedo repetir cuantas veces quiera. Le platiqué a mi párroco el P. Vivaldo Oregel quien se puso más contento que yo, me recomendó de inmediato con una carta, al platicarle a mi novia se puso triste, eso me dolió mucho, pues no me gustaba verla así, sin embargo, lo supo entender (tanto que me espero tres años para ver si me salía, como no sucedió se casó y ahora tiene una hija preciosa).

Todo parecía arreglado, pero no era así, porque tenía que enfrentar a mi familia. Al platicarles a mis hermanos que tanto amo no me creyeron al principio, pues no fue la gran noticia de su vida, sin embargo, me entendieron, manifestaron su apoyo y respetaron mi decisión. Mi papá le dio mucho gusto y me ofreció todo lo que estaba de su parte, la difícil fue mi madre y no porque fuera una mala mujer al contrario sino porque le causaba una enorme tristeza, ella siempre nos decía: "ustedes nacieron en este mundo para ser libres como las aves", no entendía que estar en el seminario es vivir en libertad, pues desconocía como era. Platiqué con ella un día antes de entrar al seminario, fue una noticia difícil para ella, tanto que platicamos desde las siete de la noche hasta las tres de la mañana. Al final me apoyó como una verdadera madre, hasta la fecha, aunque no este convencida completamente, pero su apoyo lo tengo.

Al platicarle a mi maestro de teatro al directo Cacho Tegli (argentino) que por esos días trabajaba en la casa de la cultura en el parque Naucalli, que me iba al seminario, se molestó sobre todo porque me estaba preparando para una audiciones que iba a presentar en septiembre en el CA y en el INBA que tanto yo había deseado, esa fue mi mayor tentación…

Ingresé un domingo 17 de agosto de 1997, al las cinco de la tarde al seminario menor de Tlalnepantla, me llevó mi madre y una amigo de la familia solamente. Recuerdo las palabras del padre Ricardo «tráete tus cosas para una semana y ya veremos» el 17 de agosto de 2004 cumplo siete años en el seminario y lo único que puedo expresar es un agradecimiento infinito a Dios por llamarme al sacerdocio…

Ricardo


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