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Viernes 13

MI HISTORIA VOCACIONAL

Todo COMENZÓ un día viernes 13 de 1981. Irma se encontraba en un Hospital del IMSS al sur del DF, pues aunque vivía felizmente casada en el Estado de México, las mujeres “daban a luz” en la Capital. Y así fue como nací, pesando ceca de 3.8 Kg y midiendo 45 cm. aproximadamente.

La alegría de mis padres era de motivo doble: Primero porque mi madre tuvo un “aborto no deseado” antes de esperarme, por lo cuál temían que no me fuese a lograr. En segundo, porque nací siendo varón, pues en lo últimos 5 o 6 partos de mis tías habían dado a luz a pura mujercita. Retomando el primer motivo, cuentan mis padres que al haber perdido al primer bebé, mi madre se puso en oración y prometió a la Santísima Virgen María llevarme a San Juan de los Lagos cuando yo fuera mayor… y ahora que estoy en el Seminario, me encuentro bajo la protección de la Sma. Virgen en su advocación de nuestra Señora de los Remedios y aunque no se trata de la misma advocación, las imágenes son muy similares, de tal modo que mi madre una vez comentó: ¡La Virgen se cobró a lo chino conmigo!.

Cuando tenía aproximadamente 5 años, mientras yo afirmaba que quería ser doctor, músico, bombero… una de mis primas afirmaba con insistencia: ¡es que él va a ser padrecito!

A los 9 años hice mi 1ª Comunión y entré a un coro de niños. Sólo duré 3 meses en dicho coro y me salí. Desde esa fecha hasta los 16 años me alejé mucho de Dios y de la Iglesia. Me volví indiferente a ello. En este lapso hice mis estudios de secundaria y entré en la vocacional 9, Juan de Dios Batiz Paredes, del Instituto Politécnico Nacional.

Durante este tiempo me sentí atraído por las cuestiones esotéricas, así como por un buen de cosas. Tuve muchas metidas de pata, por lo cuál mucho rencor se estaba anidando en mi corazón. Poco a poco empecé a sentir la necesidad de Dios. Después de un tiempo que había regresado a misa, mi prima me invitó a uno de esos grupos juveniles parroquiales. Al principio me negaba a ir y no me agradaba la idea, pero cuando me di cuenta, ya estaba adentro.

La razón por la que había entrado era para ver si encontraba novia. En realidad no existía un gran espíritu cristiano. Sin embargo, conforme pasaban los días me sentía “fuera de lugar” y le pedía a Dios que me orientara. Después de 2 años, recibí una invitación en otra parroquia a tomar un retiro de evangelización fundamental. Pues bien, tomé el retiro, y aunque les suene a cosa de fanáticos, puedo afirmar que tuve un encuentro con Jesús. Así es, la vivencia fue tan impactante que decidí quedarme en esa parroquia a formar parte de alguna pequeña comunidad. Así duré 1 año, no solo como miembro sino como coordinador de dicha comunidad. Sin embargo, no todo era color de rosa, pues me daba cuenta que había mucha gente hipócrita así como muchos que estaban cayendo en un fanatismo tremendo. Ante esta situación el párroco deshizo las comunidades y decidió cambiar el sistema de trabajo. Al hacerlo, casi todos los supuestos evangelizados terminaron retirándose. Fue cuando descubrí que la labor del sacerdote era bastante complicada y que hacían falta jóvenes que se quisieran involucrar. Lo curioso de esto era que cuando este pensamiento venía a mi mente, sentía un escalofrío en mi piel, así como una especie de remordimiento. Al cabo de un año, en un MARTES SANTO me di cuenta que ese reproche interno se debía a que estaba siendo llamado al sacerdocio y que quizá no estaba haciendo la voluntad de Dios. Esta vez fue la Palabra de Dios la que me iluminó. Durante esos días casi no dormí, perdí el apetito y me sentía bastante incómodo pues saber que a pesar de mi entrega en la Parroquia yo la consideraba total, no era lo que Dios quería de mi. Esto me dolía pues en esos momentos estaba en el sexto semestre de la carrera (Ingeniería en Sistemas), y empezaba una nueva relación con una amiga de la facultad de Química, así como con una de las encargadas de pastoral juvenil. Después de meditarlo toda esa SEMANA, tomé la decisión de consagrar mi vida a Dios.

El domingo de Resurrección tomé la decisión de entrar al Seminario. Pero ante la emoción y la serie de sentimientos encontrados, decidí no decir a nadie lo que ocurría y me puse a escribir todo lo que había en mi interior en una especie de autobiografía. Después de escribirla y darle formato, se la entregué al párroco, le comenté sobre mis inquietudes y me dijo que la leería y después me comentaba. No hubo tiempo para un «después», pues a las dos semanas el párroco me dio la invitación al preseminario.

El domingo de Pentecostés decidí hablar con mis padres, pues salvo el párroco nadie sabía de mi decisión. Les comenté que se trataba de un retiro para descubrir si realmente me estaba llamando Dios al sacerdocio y que en caso de recibir una negativa, haría como si no hubiese pasado nada; en caso contrario, dejaba la carrera y todo cuanto tenía en mi proyecto de vida, pues a pesar de ser muy bueno, EL LLAMADO así me lo exigía.

Estando en el Preseminario, de plano no dormí. Fue de mucha tensión pues yo veía a muchos de ellos con una tranquilidad de esperarse. En mi caso sentía que el Señor me estaba exigiendo un sí total. Al terminar el retiro, que coincidió en fecha con el cumpleaños de mi hermana menor, regresé a la parroquia con la carta de aceptación. A partir de ahí, la noticia de que entraba al Seminario se empezó a extender en la familia. Al respecto encontré muchas negativas y desaprobaciones. Sin embargo, eso y más lo veía como parte de las PERSECUCIONES que todo discípulo de Jesús debe experimentar. El mero día de ingreso, en el zaguán, me encontré a la encargada de la Pastoral Juvenil que ya mencioné anteriormente, ella me vio y al ver que tenía las maletas listas, empezó a llorar amargamente y se fue corriendo. Con un nudo en la garganta, pasó por mi mente ir tras ella, pero era un hecho no viviría tranquilo hasta que empezara a responderle a Dios.

Y desde ese día hasta hoy sigo en pie… buscando hacer la voluntad de Dios.


Atte: El Discípulo


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