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Nuestra Iglesia particular de Tlalnepantla se llenó de alegría por la ordenación diaconal de 9 miembros de nuestro seminario y del pueblo de Dios peregrino en esta arquidiócesis; recordemos que uno de los últimos pasos en nuestro proceso de formación en el seminario es el orden diaconal.

Siempre que empieza una celebración de ordenación la liturgia se torna más solemne y llena de signos que enriquecen el mismo rito de la celebración por ello nos vamos a dar a la tarea de ir haciendo un recorrido somero por este rito. Dispuesto todo para la celebración, en un ambiente de alegría y solemnidad comienza la procesión que se dirigirá al interior de la catedral, en la cual están los familiares, amigos y conocidos de los que se ordenarán; se entona el canto de entrada, llegando al altar los que prestan el servicio, los ministros, los sacerdotes que acompañan en la celebración, así como el Obispo se acomodan en su lugar para comenzar con la celebración, los que serán ordenados se acomodan con su familia en las bancas. Poco después se leen las lecturas, el salmo y el Evangelio; en los que se recuerda la maravillosa intervención de Dios en la historia del hombre; después del Evangelio son llamados, por sus nombres, de entre el pueblo quienes han sido aceptados por la Iglesia mediante el Obispo Diocesano, para ser ordenados diáconos del pueblo de Dios; uno de los elementos importantes de la vocación del sacerdote, es que es llamado por la Iglesia, sin este llamado, aunque se descubra que hay vocación sacerdotal, no hay sacerdocio, por eso es fundamental ser llamados por la Iglesia; en eso resuena en catedral el nombre de cada uno de ellos:
Acérquense los que van a ser ordenados diáconos (Cada uno de los elegidos contesta presente (y pide la bendición a sus padres), ya que son ellos mismos los que libremente han optado por responder a Dios).

Ya estando todos frente al obispo, después de haber recibido la bendición de sus padres, así como el novio recibe la bendición de sus padres al ser entregado a aquella a la que donarán la vida por amos, así reciben de igual modo la bendición de sus padre para ser entregados a la Iglesia a la que amarán como a la esposa. En seguida el Obispo tiene el deber de cerciorarse si lo que han sido elegidos son dignos para el ministerio, por ello interroga a sus superiores y al pueblo de Dios, quienes a través del rector del Seminario y a nombre de todos, manifiesta que son dignos del ministerio que recibirán; enseguida regresan a sus lugares y el obispo comienza la homilía, donde les recuerda sus deberes y obligaciones al ser ordenados diáconos.
Después de la homilía se da un coloquio (diálogo) entre el obispo y los candidatos al diaconado, estos tienen que manifestar ente el pueblo su consciente y libre decisión de recibir la ordenación y también manifiestan su propósito de aceptar y guardar el celibato, en este momento de aceptación se da una donación y consagración personal del que será ordenado, es él quien se entrega por completo al Reino de los cielos; esta sana tradición del celibato, la Iglesia la ha conservado desde el siglo IV del Cristianismo (Concilio de Elvira 300-3006).
Los candidatos al diaconado tienen que manifestar su libre pertenencia a la Iglesia, manifestada con un signo visible que es la promesa de obediencia al Obispo diocesano ya que el es el sucesor de los apóstoles; enseguida cada uno de los elegidos se acerca al Obispo y de rodillas ante él, pone las manos juntas entre las manos del Obispo y promete obediencia a él y sus sucesores; esta obediencia la hacen no sólo al obispo actual, sino también a todos los sucesores de esta Iglesia particular de Tlalnepantla, y este signo es la participación de íntima comunión entre la cabeza y sus miembros, entre el obispo y el diácono; esta promesa de obediencia implica, para el elegido, descubrir en la voz de su Obispo la voluntad de Dios.
El llamado que hace Dios a algunos para consagrar la vida por medio del sacerdocio es fortalecido por la mediación de los Santos por ello se les pide a los santos que intercedan por estos hijos de Dios que han sido elegidos para el orden diaconal; este compromiso adquirido por ellos, les hace reconocer que son indignos del ministerio al que aspiran, pero que aún así Dios concede las gracias necesarias para poder realizarlo; por ello se postraron (acostarse boca abajo), recordando que son frágiles, limitados y pecadores, pero que a través de ellos el Señor, hará su obra de salvación en favor de los hombres; al estar postrados en tierra se entona la letanía de los santos.
En seguida viene uno de los signos más antiguos de la Iglesia en la elección y consagración de los candidatos al orden sagrado; en silencio el obispo impone las manos sobre la cabeza a los que han sido elegidos para el ministerio diaconal; este signo de imponer las manos, es la expresión de Cristo que internamente consagra al elegido; la imposición de manos es desde la antigüedad signo de transmisión de poder y la donación del Espíritu; este es el acto central del rito de la ordenación; con la imposición de manos y una oración que se llama consecratoria, se confiere el orden de los diáconos, osea que después de este gesto y oración ya han quedado ordenados, ya pertenecen al orden de los diáconos, ya pueden casar, bautizar, bendecir, presidir las oraciones ante el pueblo de Dios; pero el rito no concluye aquí.
En seguida los nuevos diáconos se revisten con las vestiduras propias de ellos, estola y dalmática; la estola va cruzada sobre el hombro izquierdo, como signo de servicio; ya revestidos el obispo entrega a cada uno el libro de los Evangelios; ya que una de las funciones propias del diácono es el ministerio de la Palabra y le entrega el libro como signo de su servicio en la edificación y crecimiento del pueblo de Dios, mediante la proclamación del santo evangelio en las asambleas litúrgicas; ya por último como una signo de unión entre el obispo y los diáconos el obispo les da el ósculo de la paz (bezo o abrazo) así los nuevos diáconos pasaron a formar parte del orden diaconal, y junto con le obispo y los presbíteros son responsables de la evangelización.
Es muy emotivo poder participar en una de estas celebraciones, pero más emotivo es ser el protagonista de esta celebración ya que eres tu quien se entrega a Cristo, ya que es la Iglesia, que por medio del obispo, quien recibe al que se quiere desposar con Cristo; te imaginas que esto que estamos escribiendo fueran no solo palabras sino la realización de uno de los proyectos que probablemente tengas guardado en tu corazón; lo cierto es que esto queda en palabras y lo entenderás hasta el momento en el que seas tú quien se entregue a Cristo, hasta que seas tú el que es llamado por la Iglesia y el resuene en la catedral tu nombre, te postres en tierra y hagas tuyas las palabras del Santo Cura de Ars:
“Me postré consciente de mi nada y me levante convertido en sacerdote”

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